12/3/17

Cuento: El Estofado de las Negras

Todos hablaban del estofado de las negras. Desde los caseríos de Turín hasta los suburbios del Mariscal no había nadie que jamás hubiese escuchado hablar del estofado que las negras servían al final de la calle Pascal.

Durante el día se formaban filas enormes hechas por aquellos que querían probar la majestuosa cocina de las negras. La mayoría de las personas alababan el estofado por la consistencia de la sopa, la cual no era ni muy líquida para ser una bebida ni muy espesa para confundirse con una colada; mientras que otros adoraban el color y la textura de las papas a las que llamaban “las rocas de oro de las negras”; y no faltaban los eruditos de la cocina, hombres y mujeres bien vestidos que dictaban el futuro gourmet de la ciudad, que aseguraban que el secreto del sabor estaba en las verduras, en la manera en que las manos duras y rugosas, herencia del viejo continente africano, eran capaces de cortar, desmenuzar y sudar las zanahorias, las habichuelas, las cebollas y todos los demás ingredientes del estofado.

Cuando un cliente, después de horas de espera, llegaba al inicio de la fila, una de las negras lo recibía con una sonrisa blanca y le indicaba la mesa de plástico en la cual se debía sentar; seguido a eso, otra de las negras, con un lápiz mordisqueado y una hoja cubierta de aceite, tomaba diligentemente la orden y vaticinaba el tiempo que duraría la cocina en entregar la obra maestra.

Y mientras hombres y mujeres esperaban la comida, estos no paraban de hablar de la misteriosa cocinera, quien, tras el tintineo de las ollas que colgaban del techo y las miles de esencias que efluían de los caldos hirvientes, era fuente de cotilleos y toda clase de especulaciones.

Lo que ninguno de ellos podría predecir era que escondido entre bultos de papas, bolsas de verduras frescas y platos sin lavar había un anciano de manos callosas que se dedicaba a preparar todas las delicias por las que la gente hacía fila. 

De vez en cuando una lágrima solitaria caía en una de las ollas donde preparaba su famoso estofado. No podía engañarse a sí mismo;  la gente no aguardaba solo porque su comida fuera deliciosa sino porque se trataba del famoso estofado de las negras. Todos querían probar la sazón milenaria de una reina africana; nadie haría fila para probar la sopa desabrida de un negro cobarde que no tenía un “trabajo verdadero”.

Por eso estaba oculto, por eso debía secarse las mejillas constantemente. Atrapado en aquellas paredes manchadas de grasa rezaba para que algún día reconocieran su talento, de la misma forma en que aceptaban su estofado, y finalmente lo trataran con igualdad.

Fin

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